Querido diario:
Tu incierto destino ha resultado ser el soporte de mis pensamientos, mis rabias, mis deseos y mis frustraciones, de modo que compadezco tu suerte que, al igual que la mía no está viviendo precisamente el mejor de sus momentos. El azar quiso convertirte en obsequio el día de celebración de mi duodécimo aniversario de vida y, aceptando que a partir de este punto existirá un vínculo entre tú y yo, supongo que debería comenzar presentándome, no sin antes agradecerte encarecidamente el involuntario papel de psicoterapeuta que ejercerás sobre mi y que tanto necesitaba mi tierna mente.
Mi nombre es Jesús, aunque mis amigos han tenido la original idea de colocarme el seudónimo de "El redentor" debido a que a su juicio, yo soy el responsable de la redención o rescate de algunos de ellos que, debido a las malditas drogas, a menudo acaban implicándose en situaciones un tanto espinosas. En fin, no creo que haga nada que el resto de la gente no haría por un amigo.
Soy hijo único en el seno de una atípica familia pobre a la que atribuyo mi carácter "especial" y toda una serie de innumerables rarezas que me transfiguran en un ser irrepetible en cuanto a lo que a personalidad se refiere. No quiero decir con esto que sea una especie de bicho raro que analiza la vida desde su burbuja escudándose del universo ni que posea uno de esos síndromes mentales que te hacen percibir realidades ilusorias delebles al litio, únicamente pretendo matizar de mi persona un distinto enfoque a la totalidad de la existencia que para bien o para mal me ha perseguido desde el momento de mi nacimiento. Supongo que ningún cerebro jóven podría eludir las contingencias que se sucedieron hasta día de hoy en mi ajetreada vida, es una lástima que uno no pueda elegir antes de cobrar vida con quién le gustaría recorrerla y a quién elegiría como su tutor más adecuado. El resultado, en mi caso, ha sido catastrófico.
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