Capítulo 1 (Presentación)

Querido diario:

Tu incierto destino ha resultado ser el soporte de mis pensamientos, mis rabias, mis deseos y mis frustraciones, de modo que compadezco tu suerte que, al igual que la mía no está viviendo precisamente el mejor de sus momentos. El azar quiso convertirte en obsequio el día de celebración de mi duodécimo aniversario de vida y, aceptando que a partir de este punto existirá un vínculo entre tú y yo, supongo que debería comenzar presentándome, no sin antes agradecerte encarecidamente el involuntario papel de psicoterapeuta que ejercerás sobre mi y que tanto necesitaba mi tierna mente.

Mi nombre es Jesús, aunque mis amigos han tenido la original idea de colocarme el seudónimo de "El redentor" debido a que a su juicio, yo soy el responsable de la redención o rescate de algunos de ellos que, debido a las malditas drogas, a menudo acaban implicándose en situaciones un tanto espinosas. En fin, no creo que haga nada que el resto de la gente no haría por un amigo.
Soy hijo único en el seno de una atípica familia pobre a la que atribuyo mi carácter "especial" y toda una serie de innumerables rarezas que me transfiguran en un ser irrepetible en cuanto a lo que a personalidad se refiere. No quiero decir con esto que sea una especie de bicho raro que analiza la vida desde su burbuja escudándose del universo ni que posea uno de esos síndromes mentales que te hacen percibir realidades ilusorias delebles al litio, únicamente pretendo matizar de mi persona un distinto enfoque a la totalidad de la existencia que para bien o para mal me ha perseguido desde el momento de mi nacimiento. Supongo que ningún cerebro jóven podría eludir las contingencias que se sucedieron hasta día de hoy en mi ajetreada vida, es una lástima que uno no pueda elegir antes de cobrar vida con quién le gustaría recorrerla y a quién elegiría como su tutor más adecuado. El resultado, en mi caso, ha sido catastrófico.

Capítulo 1.b (Mi nacimiento)

Mi nacimiento fue totalmente involuntario. De otra forma, no existiría razón alguna por la que intencionalmente decidiera abandonar aquella cálida bolsa amniótica de la que nunca debí salir. El intenso frío de aquel mes de Diciembre sumado al olor a estiércol del pequeño pesebre en el que fui alumbrado eran evidentes presagios de lo que se me avecinaba en cuanto avanzara hacia la luz. Lejos de una emotiva bienvenida en la intimidad familiar de mi nuevo hogar, todo un séquito de personajes anónimos abarrotaban el establo repitiendo frases francamente inquietantes para alguien que acaba de llegar a este mundo. -¡Ha nacido el hijo de Dios!... -¡El Mesías ya está entre nosotros! son ejemplos de las expresiones que me dedicaban aquellos desconocidos que además de mantenerme aterrado los primeros minutos de vida, obstruían mi visión impidiéndome tomar contacto visual con mis incógnitos progenitores. La parte positiva de tan inoportunas visitas fue la variedad de regalos que cargaban con ellos y que en escrupuloso orden iban depositando conforme llegaban a observarme estupefactos. La parte negativa de tan subrealista situación era que nunca llegué a disfrutar de todos aquellos presentes que con tanta dedicación entregaban para mi, todo lo contrario, a mis doce años de edad, lo único que mis padres conservan de tan señalada fecha es una cajita negra con una jeroglífica inscripción que reza "mirra" en la tapa y que nunca me han dejado destapar. Dicen que así siempre agradeceremos y recordaremos a las maravillosas personas que recorrieron extensas distancias para visitarme en aquel insigne día, pero lo que yo pienso en realidad es que nunca han sabido descifrar la utilidad de aquella misteriosa cajita que ahora adorna la bonita casa en la que vivimos.

Y fue desde aquel preciso momento cuando comenzó la historia que lleva mi nombre, la historia de Jesús, el elegido, la historia del hijo de Dios y todopoderoso que bajó del cielo y se hizo hombre para hacer justicia aquí en la Tierra. Fue en aquellos tiempos cuando mi madre comenzó la creacción de un espectáculo que la sacaría de la miseria y la llevaría a formar parte del lejano mundo del famoseo al que siempre quiso pertenecer. Lentamente y casi sin darse cuenta, la falacia se le fue escapando de sus manos hasta llegar a apoderarse de ella sin otorgarle vía de escape alguna.

Mi familia por parte materna era una familia de artistas que dedicaban al trabajo la plenitud de sus vidas, y es que cada vez se hace mas complicado mantener a flote un circo ambulante cuando el soporte a través del cual fluyes se llena en progresión geométrica de más y más tecnología. Constantemente escucho a mis tíos repetir: -Es una lástima, los niños de ahora no son los mismos que aquellos a los que hacíamos reir tiempo atrás... o -Los payasos que triunfan ahora son esos que despellejan a diestro y siniestro en los programas del corazón. Francamente, no creo que se equivoquen en sus conclusiones, pero por muy intrincado que sea el camino y por muy negro que se vea el futuro, nada le daba derecho a mi madre de haberme convertido en el mono de feria que ahora soy, no existe motivo por el que haya destrozado la vida de su propio hijo a cambio de ese número principal que sacaría a su querido negocio del contenedor de basura en el que amenazaba por caer.

Su maquiavélica mente diseñó un plan de fuga que pudiera alejarla para siempre del trabajo ininterrumpido, de ese cálculo tan infernal como necesario que nos permitía llegar a fin de mes, pero sobre todo, del anonimato. Mi madre nunca pudo soportar la idea de abandonar este mundo sin ser recordada eternamente, no se permitiría jamás a si misma que la muerte le diera alcance antes de que su foto se convirtiera en parte inseparable de cada libro de historia, y yo, me siento plenamente seguro de que las fichas que ella mueve, son las fichas que darán forma a lo que los profesionales denominan "una partida perfecta".

Capítulo 1.c (Creacción del embuste)

La vida en el pueblo condiciona la personalidad de todo aquel que se haya criado en él. El campo te permite el contacto directo con la naturaleza, te regala el aire puro que tanto agradece tu cuerpo, te acaricia con ese silencio nunca presente en la ciudad y te ofrece actividades extraordinarias que de otro modo nunca llegarías a experimentar. Presentado de esta forma, parece el lugar en el que todos desearíamos vivir, ¿verdad?, pero lo cierto es que todo tiene su parte negativa, y vivir en el pequeño pueblecito del norte asturiano en el que yo viví a veces podía resultar insoportable para cualquiera. Castañeras era una especie de micromundo olvidado en la costa cantábrica en donde el silencio reinaba cada día con su temido poder sólo amenazado muy de vez en cuando por el rugir de las olas contra aquellas peñas escabrosas que conformaban el límite con el inmenso mar. La escasa población que allí vivía, en su mayor parte de avanzada edad, se conocían unos a otros sin excepción y prácticamente, todo aquel que no estuviese ya jubilado, vivía del único negocio que nació y creció en nuestro micromundo, es decir, la carpintería "Los López". Lo que se hacía tan incómodo era sentirse como un hamster encerrado en su jaula en la que la actividad se reduce tan solo a las acciones básicas: comer, dormir, y evacuar. Para colmar el vaso de la impotente lucha contínua contra la fuerte monotonía, uno tenía que ser público obligado cada día de los chismes, bulos, fantasías y desprecios que nuestros vecinos lanzaban al aire periódicamente como parte del quehacer diario para tratar de burlar al aburrimiento. El contraataque era la medida por la que optaba normalmente cada víctima, creando así un bucle de improperios indirectos y malestares infundados disfrazados, eso sí, de un amable saludo y la más falsa de las sonrisas, en cada cruce de beligerantes. Yo nunca he querido entrar en ese oscuro juego y, a mis doce años, puedo presumir de que hasta ahora lo he conseguido. Sin embargo, este ha sido el medio elegido por mi madre para iniciar su gincana. Ella vivía en el pueblo contiguo al de mi padre y en su período prematrimonial, tuvo tiempo más que de sobra para llegar a conocer bien a sus polémicos vecinos actuales y a planear con todo lujo de detalle el complejo juego que empezó con algo tan sencillo como un chisme.

Cada día, salía a ejercitar las piernas dando un paseo por los alrededores del pueblo con un grupo de amigas del pueblo de mi padre. Con ello conseguían, además de atrasar la oxidación de sus articulaciones, ponerse al día en asuntos internos del vecindario y liberarse por unos instantes del peso de las fastidiosas tareas domésticas. Y fue en una de esas caminatas matutinas cuando mamá preguntó a sus acompañantes si habían escuchado lo mismo que ella, algo acerca de un milagro, del nacimiento de un ser sobrenatural o algo así. Mientras lo contaba fingía indiferencia, como no queriendo dar demasiada importancia a aquel comentario, lo cual hacía que cada vez se interesasen más por el cuento e intentasen sonsacarle poquito a poco un trozo más de historia. En lo que duró la travesía, la maraña de embustes fue creciendo como una bola de nieve montaña abajo, hasta dejar a todas las chicas del grupo totalmente perplejas y ansiosas por conocer más acerca de esa historia. La imaginación de cada una de ellas, creaba su propia película mientras imaginaban aquello tan difuso que mamá les iba cebando con cuentagotas. El resultado no se hizo esperar, y todas las contertulias esparcieron las semillas de la mentira a lo largo de su círculo familiar y amistades, poniendo, como no, cada vez más énfasis en la oratoria y alguna que otra exageración para decorar la escena y sentir con más fuerza el sabor de la gloria al ser el centro de atención en la conversación. Quién podría reprimirse ante un rumor de tal calibre.

La historia fue cogiendo forma tanto por creacción de la cosecha de mi madre como por imprevistos añadidos por parte de terceras personas divulgadoras. María, mi mamá, guardó su silencio después de que el "el predictor" le susurró en un tono azul, que yo venía en camino. No dijo nada, sólo continuó su plan, calculó los días perfectamente para que todas las piezas encajaran a la perfección. El alumbramiento debería llegar durante el mes de diciembre, y ese es el mes que ella eligió para la extensión de aquella historia que aún no había terminado de tomar sentido. Hizo que aquel ser sobrenatural del que vagamente se conocían detalles en el nacimiento de su embuste se fuese transformando en algo más espectacular si cabe, consiguió filtrar entre cada vez más receptores la primicia de una noticia que pondría el mundo patas arriba si todo saliera según lo previsto. El mes de diciembre, una mujer daría a luz a un varón, y ese niño sería el hijo de Dios hecho hombre. Jesús se unirá al mundo de los mortales para difundir su doctrina en la Tierra.