Capítulo 1.b (Mi nacimiento)

Mi nacimiento fue totalmente involuntario. De otra forma, no existiría razón alguna por la que intencionalmente decidiera abandonar aquella cálida bolsa amniótica de la que nunca debí salir. El intenso frío de aquel mes de Diciembre sumado al olor a estiércol del pequeño pesebre en el que fui alumbrado eran evidentes presagios de lo que se me avecinaba en cuanto avanzara hacia la luz. Lejos de una emotiva bienvenida en la intimidad familiar de mi nuevo hogar, todo un séquito de personajes anónimos abarrotaban el establo repitiendo frases francamente inquietantes para alguien que acaba de llegar a este mundo. -¡Ha nacido el hijo de Dios!... -¡El Mesías ya está entre nosotros! son ejemplos de las expresiones que me dedicaban aquellos desconocidos que además de mantenerme aterrado los primeros minutos de vida, obstruían mi visión impidiéndome tomar contacto visual con mis incógnitos progenitores. La parte positiva de tan inoportunas visitas fue la variedad de regalos que cargaban con ellos y que en escrupuloso orden iban depositando conforme llegaban a observarme estupefactos. La parte negativa de tan subrealista situación era que nunca llegué a disfrutar de todos aquellos presentes que con tanta dedicación entregaban para mi, todo lo contrario, a mis doce años de edad, lo único que mis padres conservan de tan señalada fecha es una cajita negra con una jeroglífica inscripción que reza "mirra" en la tapa y que nunca me han dejado destapar. Dicen que así siempre agradeceremos y recordaremos a las maravillosas personas que recorrieron extensas distancias para visitarme en aquel insigne día, pero lo que yo pienso en realidad es que nunca han sabido descifrar la utilidad de aquella misteriosa cajita que ahora adorna la bonita casa en la que vivimos.

Y fue desde aquel preciso momento cuando comenzó la historia que lleva mi nombre, la historia de Jesús, el elegido, la historia del hijo de Dios y todopoderoso que bajó del cielo y se hizo hombre para hacer justicia aquí en la Tierra. Fue en aquellos tiempos cuando mi madre comenzó la creacción de un espectáculo que la sacaría de la miseria y la llevaría a formar parte del lejano mundo del famoseo al que siempre quiso pertenecer. Lentamente y casi sin darse cuenta, la falacia se le fue escapando de sus manos hasta llegar a apoderarse de ella sin otorgarle vía de escape alguna.

Mi familia por parte materna era una familia de artistas que dedicaban al trabajo la plenitud de sus vidas, y es que cada vez se hace mas complicado mantener a flote un circo ambulante cuando el soporte a través del cual fluyes se llena en progresión geométrica de más y más tecnología. Constantemente escucho a mis tíos repetir: -Es una lástima, los niños de ahora no son los mismos que aquellos a los que hacíamos reir tiempo atrás... o -Los payasos que triunfan ahora son esos que despellejan a diestro y siniestro en los programas del corazón. Francamente, no creo que se equivoquen en sus conclusiones, pero por muy intrincado que sea el camino y por muy negro que se vea el futuro, nada le daba derecho a mi madre de haberme convertido en el mono de feria que ahora soy, no existe motivo por el que haya destrozado la vida de su propio hijo a cambio de ese número principal que sacaría a su querido negocio del contenedor de basura en el que amenazaba por caer.

Su maquiavélica mente diseñó un plan de fuga que pudiera alejarla para siempre del trabajo ininterrumpido, de ese cálculo tan infernal como necesario que nos permitía llegar a fin de mes, pero sobre todo, del anonimato. Mi madre nunca pudo soportar la idea de abandonar este mundo sin ser recordada eternamente, no se permitiría jamás a si misma que la muerte le diera alcance antes de que su foto se convirtiera en parte inseparable de cada libro de historia, y yo, me siento plenamente seguro de que las fichas que ella mueve, son las fichas que darán forma a lo que los profesionales denominan "una partida perfecta".

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