Capítulo 1.c (Creacción del embuste)

La vida en el pueblo condiciona la personalidad de todo aquel que se haya criado en él. El campo te permite el contacto directo con la naturaleza, te regala el aire puro que tanto agradece tu cuerpo, te acaricia con ese silencio nunca presente en la ciudad y te ofrece actividades extraordinarias que de otro modo nunca llegarías a experimentar. Presentado de esta forma, parece el lugar en el que todos desearíamos vivir, ¿verdad?, pero lo cierto es que todo tiene su parte negativa, y vivir en el pequeño pueblecito del norte asturiano en el que yo viví a veces podía resultar insoportable para cualquiera. Castañeras era una especie de micromundo olvidado en la costa cantábrica en donde el silencio reinaba cada día con su temido poder sólo amenazado muy de vez en cuando por el rugir de las olas contra aquellas peñas escabrosas que conformaban el límite con el inmenso mar. La escasa población que allí vivía, en su mayor parte de avanzada edad, se conocían unos a otros sin excepción y prácticamente, todo aquel que no estuviese ya jubilado, vivía del único negocio que nació y creció en nuestro micromundo, es decir, la carpintería "Los López". Lo que se hacía tan incómodo era sentirse como un hamster encerrado en su jaula en la que la actividad se reduce tan solo a las acciones básicas: comer, dormir, y evacuar. Para colmar el vaso de la impotente lucha contínua contra la fuerte monotonía, uno tenía que ser público obligado cada día de los chismes, bulos, fantasías y desprecios que nuestros vecinos lanzaban al aire periódicamente como parte del quehacer diario para tratar de burlar al aburrimiento. El contraataque era la medida por la que optaba normalmente cada víctima, creando así un bucle de improperios indirectos y malestares infundados disfrazados, eso sí, de un amable saludo y la más falsa de las sonrisas, en cada cruce de beligerantes. Yo nunca he querido entrar en ese oscuro juego y, a mis doce años, puedo presumir de que hasta ahora lo he conseguido. Sin embargo, este ha sido el medio elegido por mi madre para iniciar su gincana. Ella vivía en el pueblo contiguo al de mi padre y en su período prematrimonial, tuvo tiempo más que de sobra para llegar a conocer bien a sus polémicos vecinos actuales y a planear con todo lujo de detalle el complejo juego que empezó con algo tan sencillo como un chisme.

Cada día, salía a ejercitar las piernas dando un paseo por los alrededores del pueblo con un grupo de amigas del pueblo de mi padre. Con ello conseguían, además de atrasar la oxidación de sus articulaciones, ponerse al día en asuntos internos del vecindario y liberarse por unos instantes del peso de las fastidiosas tareas domésticas. Y fue en una de esas caminatas matutinas cuando mamá preguntó a sus acompañantes si habían escuchado lo mismo que ella, algo acerca de un milagro, del nacimiento de un ser sobrenatural o algo así. Mientras lo contaba fingía indiferencia, como no queriendo dar demasiada importancia a aquel comentario, lo cual hacía que cada vez se interesasen más por el cuento e intentasen sonsacarle poquito a poco un trozo más de historia. En lo que duró la travesía, la maraña de embustes fue creciendo como una bola de nieve montaña abajo, hasta dejar a todas las chicas del grupo totalmente perplejas y ansiosas por conocer más acerca de esa historia. La imaginación de cada una de ellas, creaba su propia película mientras imaginaban aquello tan difuso que mamá les iba cebando con cuentagotas. El resultado no se hizo esperar, y todas las contertulias esparcieron las semillas de la mentira a lo largo de su círculo familiar y amistades, poniendo, como no, cada vez más énfasis en la oratoria y alguna que otra exageración para decorar la escena y sentir con más fuerza el sabor de la gloria al ser el centro de atención en la conversación. Quién podría reprimirse ante un rumor de tal calibre.

La historia fue cogiendo forma tanto por creacción de la cosecha de mi madre como por imprevistos añadidos por parte de terceras personas divulgadoras. María, mi mamá, guardó su silencio después de que el "el predictor" le susurró en un tono azul, que yo venía en camino. No dijo nada, sólo continuó su plan, calculó los días perfectamente para que todas las piezas encajaran a la perfección. El alumbramiento debería llegar durante el mes de diciembre, y ese es el mes que ella eligió para la extensión de aquella historia que aún no había terminado de tomar sentido. Hizo que aquel ser sobrenatural del que vagamente se conocían detalles en el nacimiento de su embuste se fuese transformando en algo más espectacular si cabe, consiguió filtrar entre cada vez más receptores la primicia de una noticia que pondría el mundo patas arriba si todo saliera según lo previsto. El mes de diciembre, una mujer daría a luz a un varón, y ese niño sería el hijo de Dios hecho hombre. Jesús se unirá al mundo de los mortales para difundir su doctrina en la Tierra.

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